Sesión Arquetípica #04 | EL SUELO

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Sesión Arquetípica #04 | EL SUELO. Parte del Taller Informal. 10092016

Al momento de hollar la tierra es cuando establecemos la discontinuidad en el transcurso de lo eterno. Dependiendo de las estrategias que nuestra cosmovisión nos dicta, su impacto sobre el ecosistema que intervenimos se extenderá por mayor o menor tiempo, pero al fin, siempre terminará por desvanecerse.

La ruca mapuche, hecha en materiales vegetales, tenía un ciclo de vida y muerte; alcanzado cierto nivel de deterioro era abandonada, para que la naturaleza recobrase el espacio usufructuado. Durante la conquista española, los antiguos caminos, fuertes y ciudades que con ímpetu habían horadado el bosque virgen, cedían también ante la vida, cuando la lanza mapuche ponía en huida las pisadas del colonizador.

La indómita soberanía de los ciclos naturales persistió hasta que la naciente República chilena, bajo una lógica eurocéntrica, anexó la tierra ociosa entre los ríos Bío-Bío e Imperial a la vorágine productiva de la Revolución Industrial. El primer paso de esta ofensiva fue penetrar la selva a través de un suelo firme que cubriera la blanda y fértil capa vegetal hecha de las mismas hojas caídas de los árboles; el artificio utilizado, el ferrocarril.

El terraplén para la vía constituyó un hito fundacional, el trazo primigenio desde el cual se desprenderían fundos, puertos, ciudades e industrias. La geografía del nuevo Estado se organizó en torno a la doble cinta de hierro: todo se conecta, todo se comunica, todo se moviliza. El ritmo con el que se mide el país ya no es el de la naturaleza, sino el del progreso.

Traspasando la antigua frontera que constituía el Bío-Bío, un nuevo suelo se construyó sobre el agua, los humedales y las selvas, delineando un eje que aún es legible desde la Ruta 160, carretera que reemplazó a la locomotora que se internaba al antiguo Wallmapu. Producto de las transformaciones económicas del país, los suelos que se desprenden de este eje hoy son escenario de disputas, obsolescencias y abandonos; sin embargo, las mutaciones aplicadas al territorio por las industrias son tan intensas que no han permitido a la naturaleza retomar su ritmo.

Tal es el escenario en las ruinas de la fábrica Pizarreño en San Pedro de la Paz. Desde la tierra, a duras penas, las semillas de las especies autóctonas del lugar oscilan entre una feroz lucha por brotar entre basurales y grietas, y un prematuro marchitarse por el exceso de calor sobre un sustrato infértil. Con todo, su obstinada perseverancia hará que de la obra de las manos del hombre quede lo mismo que de su cuerpo: sólo humo y cenizas.