Sesión Arquetípica #03 | EL CIELO

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Sesión Arquetípica #03 | EL CIELO. Parte del Taller Informal. 12062016

El peso de movilizar el habitar se presenta siempre como la lógica de lo impermanente, más aún cuando ese tránsito es motivado por las fuerzas de la naturaleza. El lugar deviene en hogar sólo cuando se le asigna un sentido de pertenencia a lo que allí se alza, definiéndose un asentamiento. La refundación de Concepción en el Valle de la Mocha tiene esa cualidad. Tras los terremotos y maremotos sufridos desde 1751 a la actualidad, construcciones como el Mercado cumplen parte importante en la construcción del arraigo a esta nueva geografía.

Emplazado desde hace más de doscientos años en la calle de Caupolicán entre Freire y Maipú, sus orígenes remiten a efímeras ramadas que amparaban el habitar de mercaderes y compradores bajo un cielo transitorio que permanecía sólo durante algunas horas del día, volviendo a dejarse libre la explanada cuando había que partir.

Los cambios que el tiempo ejerció sobre la ciudad y la obstinada persistencia de los embates del viento, la lluvia y el sol, exigieron una solución a la fragilidad de esta permanencia. Así, durante el siglo XIX surgió un primer edificio destinado a Mercado, dañado severamente por el terremoto de 1939. Luego en la década del 40, corresponde a Tibor Weiner y Ricardo Müller delinear la eterna estructura de un verdadero segundo cielo, que propiciaría un intercambio comercial fluyendo al ritmo de sus propias necesidades y no según aquellas impuestas por las inclemencias del clima, estableciendo una separación entre el poderío del hombre y el de la naturaleza.

De esta manera surge una delgada bóveda de arcos parabólicos, cuya dimensión permite la apropiación de un habitar; una amplia plaza cubierta donde frutas, verduras, carnes, especias, artesanías y platos preparados se mezclaban en un remolino de colores, aromas, sonidos, rostros familiares y puntos de encuentro. Entre diversos cambios programáticos y administrativos, este espacio de reunión sufrió un paulatino y constante deterioro, haciendo crisis con el incendio que en 2013 consumió el andamiaje material que sustentaba la rica complejidad de su acontecer.

Hoy, desintegrados los cerramientos de la techumbre, las esbeltas líneas de su estructura de hormigón armado se dibujan directamente contra el éter, jugando a entretejerse con la levedad de las nubes. Por entre sus vacíos descubiertos el viento, la lluvia y el sol recuperan su primigenio dominio; junto al musgo y los recuerdos, son los únicos elementos que permanecen bajo este cielo que el tiempo aún no se decide a erradicar y que sus habitantes no se ponen de acuerdo en reconstruir.