Sesión Arquetípica #02 | EL VANO

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Sesión Arquetípica #02 | EL VANO. Parte del Taller Informal. 07052016

Como seres itinerantes, no nos amoldamos a espacios estancos; aunque tracemos límites para refugiarnos inevitablemente estos no darán cabida a nuestra necesidad de traspasarlos. Por esto, ni siquiera nuestro paisaje constituye frontera última, sino que más abajo de nuestros pies y más arriba de nuestros ojos intuimos conexiones hacia realidades completamente nuevas.

En el subsuelo costero que bordea la Cordillera de Nahuelbuta, extensos mantos de carbón comenzaron su lenta gestación en el período Cuaternario para ser explotados desde mediados del siglo XIX. Las vastas planicies litorales quedaron sometidas a las exigencias económicas del capitalismo y a merced de la tecnología con que la Revolución Industrial se adentraba en las profundidades del mar, abriendo un entramado subterráneo de galerías ramificadas a partir de puntuales brechas superficiales: chiflones y piques.

La espesura de la oscuridad, del silencio, la pérdida total de la noción del tiempo, se confabularon para cincelar la construcción primigenia de este paisaje industrial, y engendrar así el espacio minero desde la persistencia por restituir la inicial escisión entre lo abisal y la nostalgia por la luz, tal como lo describiera magistralmente Baldomero Lillo en sus obras Subterra y Subsole.

Esta añoranza se convirtió en el segundo oxígeno que vivificaba a quienes se internaban en las fenestraciones del mar, y demandó su lugar en la construcción de las edificaciones de los pueblos mineros, para emerger concretamente entre sus muros por medio del vano: la apertura luminosa a través de la cual la materia se disuelve en su densidad, para dar paso así al vacío que comunica los llenos. Uno de estos pueblos fue Puchoco (Agua que sobra en mapuzungún) ubicado a 32 km. al sur de Concepción. Proyectado entre las décadas de 1920 y 1950 por Hernán Vega, Luis Arretz y otros arquitectos, albergó la intensa vida de los trabajadores de la Compañía Carbonífera y de Fundición Schwager hasta 1989, año del cierre.

La naturaleza y el carbón permanecieron, pero no así la necesidad del hombre por ellos; el cese del proceso de extracción detuvo el tiempo en este lugar, convirtiéndolo en una zona disonante respecto a los nuevos polos de desarrollo económico que reciben los embates contemporáneos con los que la sociedad decide seguir subsistiendo. El vano se convierte entonces en una huella, una expresión de tregua en la frontera que enmarca este vacío que emerge y se mantiene para permitir el encuentro con el otro y extender, desde esta mutua convivencia, la urdimbre que mancomuna hasta el día de hoy a los eternos habitantes de este lugar.