La piedra y los hechos

,

1/2/3

“Evolución de La piedra y los hechos”. Intervención de “Dibujo de la vista del Valle de Concepción, Louis Choris, 1816”.

Desde la Municipalidad de Concepción se llamó un concurso para poner en valor el monumento conmemorativo de la declaración de la independencia de Chile, situado en la plaza principal de la ciudad. En esta coyuntura quisimos explorar los discursos y expectativas en torno al tema propuesto desde una lógica distinta a la oficial, en línea con nuestros intereses.

Yendo a su origen, para los romanos el término monumentum designaba una señal que fija una memoria dentro de un espacio, transmitiendo su recuerdo a las generaciones por venir. Sin embargo, antes que con su vocación intangible, en la actualidad vinculamos esa palabra más bien con ciertas cualidades materiales que transforman el hito recordatorio en un objeto monumental: gran tamaño y refinada factura. A fuerza de ser visto a diario, el peso de esa monumentalidad termina por aplastar la intención primigenia de hacer presente una memoria, reduciendo al monumento al rol de simple anécdota decorativa: un ornamento para ser admirado, y no un artefacto de comunicación que trascienda nuestra siempre limitada esperanza de vida.

Nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya”, observa con justicia Séneca; también la memoria es recordada sólo cuando es propia. Si una memoria se alimenta de sentimientos, de la mera contemplación no puede surgir afecto, porque falta agenciar una interacción más íntima. En consecuencia, si deseamos que una memoria pueda ser piedra que ocupen los edificadores de la historia futura, debemos dar espacio al tiempo, crear un lugar en que la memoria surja, dialogue y subsista. En vez de una estructura puntual puesta en el espacio para ser vista, necesitamos un memorial que genere un espacio para ser recorrido, donde el desplazamiento lúdico del cuerpo sea lo que permite descubrir un relato.

Si antes erigimos un menhir como señal, hoy queremos horadarlo y ver a través de él. En vez de la figura monolítica, sólida, clavada al suelo, proponemos explotarla y hacer descender sus fragmentos a la altura del peatón: que prolifere una multiplicidad de puntos trazando sobre la plaza un nodo, recorrible con la mirada, las manos y los pies. Y que en vez de la lectura unívoca de la historia, que al ciudadano le quepa recibir pasivamente, que esos fragmentos se desplacen, que nuevas piezas se añadan al memorial, que otras sean quitadas, que sea posible ver que la concatenación de acontecimientos que decantaron en la proclama de O’Higgins el 1° de enero de 1818 no cabe en ninguna placa.