El bosque, el tótem y el río

EL BOSQUE, EL TÓTEM Y EL RÍO

Para encontrarse, el ser itinerante primero debe perderse. Para perderse, el ser itinerante debe enfrentar la incertidumbre.

La densa fragilidad vertical del bosque le parece una buena opción; su configuración natural parece contener una incógnita que posiblemente descubrirá entrando en él. Al ingresar y adentrarse, comprende que la única forma de descubrir dicha incógnita es seguir avanzando, no hay razón para detenerse.

Su instinto itinerante es lo único que lo mantiene en pie; fuerza que poco a poco se consume, pero no se agota. El avanzar nunca es continuo, tiene pausas y prolongadas detenciones, miradas a lo distante e inseguridades de lo próximo.

El bosque a veces se torna un laberinto austero, complejo, impropio. La ausencia de la certeza en su mente agotada y agobiada no le permite comprender si avanza o da vuelta en círculos, todo lo cercano parece lejano y lo equidistante parece desigual.

Entre el laberinto de fustes aparece una gran y difusa figura vertical. Bajo la duda, su pecho es quien le indica dirigirse hacia ese punto. Dicha figura lo dirige a la proximidad de un claro, un lugar libre del espeso laberinto que lo ha albergado durante días en su interminable avanzar.

Un claro en medio del bosque parece una señal. El ser itinerante avanza a paso vacilante, casi derrotado por el cansancio de los días y las vueltas. La cercanía le permite advertir lo que el claro contiene y la figura difusa ahora es clara y concisa. Un tótem aparentemente abandonado, un gran fuste que sostiene el cielo y permite que exista un vacío en el lleno, calma en lo móvil. El claro se convierte en su espacio de reflexión, de encuentro consigo mismo y con sus ideas.

Habitar el claro le permite comprender que el tótem es un eterno e inmóvil testigo del tiempo, que mediante su esfuerzo vertical separa el cielo y el suelo para entregar el espacio. Luego, el ser itinerante se permite interpretar el tótem en medio del bosque; parece ser un elemento que es capaz de construir a un grupo, un clan de entidades desconocidas entre sí, pero que siempre han seguido el mismo camino.

Desde la bóveda celeste se desprenden gotas que caen sobre el bosque. Las gotas se convierten en charcos, los charcos se extienden por el suelo y empiezan a inundar lo que parecen ser las huellas dejadas al avanzar por el bosque. Como si de un río se tratase, el ser itinerante sigue la senda de sus huellas inundadas, dejando atrás el tótem.

Mientras avanza, su paso a través del mismo laberíntico bosque le permite identificar los lugares por los que atravesó anteriormente. La experiencia le permite construir una cartografía mental en donde reconoce al bosque como una legible retícula habitable en la cual se desplazan libremente su pasado, su presente y su futuro al mismo tiempo; estados temporales que comparten con los de otros cientos que han construido la misma senda.

El ser itinerante está fuera, el ser itinerante se encuentra.

2014 | Texto introductorio para la acreditación RIBA 2014 | Universidad del Bío-Bío